La historia de Dorien ha sido compartida por distintos medios de comunicación. Si todavía no la conoces, te invito a leer el reportaje publicado por el diario Información, la entrevista en El Español, el artículo de Woman o la noticia en la web de Clínica Tambre.
Pero este artículo no va sobre Dorien. O, al menos, no exactamente.
Va sobre lo que yo aprendí acompañando, como amiga y como CEO, una historia que me recordó por qué hago este trabajo.
Hay casos que llegan a ti como profesional. Otros, como paciente. Y algunos, muy pocos, lo hacen también como amiga.
Conozco a Dorien desde hace muchos años. Compartimos origen, idioma y una amistad que ha permanecido en el tiempo. También conocía el largo camino que había recorrido en su deseo de ser madre. Un camino lleno de intentos, de incertidumbre y de momentos en los que muchas personas habrían perdido la esperanza.
Cuando decidió confiar en Tambre, esa historia adquirió para mí una dimensión diferente. Vivir esa experiencia desde la mirada de una amiga me hizo sentir aún más orgullosa de la forma en la que entendemos la medicina reproductiva en Tambre: con el máximo rigor científico, pero también con una profunda implicación humana. Porque esa combinación es, precisamente, lo que hace posible que cada historia sea única.
Como CEO, dedico gran parte de mi tiempo a pensar en estrategia, innovación, crecimiento e investigación. Son aspectos imprescindibles para que una organización avance. Pero historias como la de Dorien me recuerdan constantemente cuál es el verdadero sentido de todo ese esfuerzo.
En medicina reproductiva hablamos con frecuencia de porcentajes de éxito, protocolos, evidencia científica o nuevas tecnologías. Y debemos hacerlo. La ciencia es la base de nuestro trabajo y el motor que nos permite ofrecer cada vez mejores tratamientos.
Pero también he aprendido que la ciencia, por sí sola, no basta.
Cada paciente llega con una historia distinta, con unas circunstancias diferentes y con unas emociones que no aparecen en ninguna historia clínica. Por eso siempre he creído que la excelencia consiste en combinar el máximo rigor científico con una atención profundamente personalizada y humana.
Escuchar antes de decidir.
Comprender antes de tratar.
Acompañar durante todo el proceso.
Esa es la medicina en la que creo.
Hoy Dorien puede contar una historia con un final feliz. Y me alegra profundamente, no solo como CEO, sino también como amiga.
Pero lo verdaderamente importante es lo que esa historia representa.
Representa la importancia de no dejar de buscar respuestas. De seguir investigando. De cuestionarnos continuamente cómo podemos hacer mejor las cosas. De entender que detrás de cada innovación científica existe una persona que espera una oportunidad.
Muchas veces me preguntan cuál es el mayor logro de Tambre.
Nunca pienso primero en los premios, en los reconocimientos o en los datos.
Pienso en historias como la de Dorien. Porque son ellas las que nos recuerdan que nuestro trabajo no consiste únicamente en ayudar a crear nuevas vidas. Consiste, sobre todo, en cuidar de las personas que confían en nosotros para recorrer uno de los caminos más importantes de la suya.